Es probable que lo que va a leer a continuación ya lo haya escuchado muchas veces de la boca de los mismos comunicadores. Y es que hoy el profesional que ejerce una de la especialidades de las Ciencias de las Comunicación, sobre todo en el caso de los que practican el periodismo, está condenado, salvo que tenga la suerte de tener a un empleador inteligente, culto y con sentido común, a vivir con propinas o remuneraciones pobres por el resto de sus días.
Por eso no se extrañe si escucha que un periodista se queja porque en su trabajo tiene hora de entrada, pero nunca de salida, y el sueldo, más que un premio por la producción, es un consuelo para el bolsillo cada vez que llega el último día de cada mes. Y es que en un país como el nuestro el periodismo es más un oficio mal remunerado antes que una profesión respetable. ¿Por qué? Porque los dueños de las empresas no entienden que el periodismo es una carrera tan digna como cualquiera y que vale la pena dedicarse a ella.
No se extrañe si escucha que un acaudalado empresario, ese que muestra orgulloso sus títulos y honores, dice que el periodista no debe tener día de descanso, que no merece ganar como un médico, un abogado o un ingeniero, que no tiene por qué ascender si no tiene título, maestría o doctorado, que solamente escribe, habla a través de un micrófono o graba lo que todos vemos a diario en la televisión mediante una cámara grande y pesada. Toda profesión es fácil de ejercerla mientras uno no se dedique a ella, dijeron una vez unos expertos humanistas.
Lo cierto es que el periodismo puede seguir devaluándose si el mismo profesional no se pone las pilas, no recarga baterías, no se prepara de manera consciente para ser empleable y no un empleado cumplidor que respire aliviado a fin de mes por recibir algo más que un sueldo mínimo. Depende de la misma persona el hecho de convertirse en un profesional productivo y bien considerado dentro de su ambiente laboral. Esto no quiere decir que tenga que romper su chanchito para gastar miles de dólares en una maestría o doctorado en el país o en el exterior, cuando nadie le asegura que, con el cartón en mano, vaya a tener trabajo eternamente.
Que tal o cual profesión es más rentable que otra es una mentira más grande que el que dice que todos los que salen de un mismo centro de estudios son buenos; y descabellado es pensar que el se dedica al periodismo está condenado a morirse de hambre. A las profesiones las hacen rentables las personas, sea cual sea su origen, su procedencia académica o si tiene un nombre de origen autóctono o extranjero.
El dinero no debe decidir si la profesión vale la pena o no. O lo que uno va a hacer por el resto de sus días. El profesional inteligente y culto, el que se preocupa por mejorar siempre, el que no se crece por los elogios, el que acepta sus limitaciones, va a ganar siempre, porque va a trabajar por sí mismo, y no por el dinero, que debe, finalmente, rendir para uno en cualquier situación.
Así, si eres productivo, nadie va a excluirte si tienes un cartón de una Universidad desconocida, si te han bautizado con un nombre extraño o si vives en una zona marginal. Lo que vale al final es lo que uno demuestra en la cancha. La capacidad, el talento, la dedicación y el sacrificio son armas que todos podemos usar para superar obstáculos. El problema es que no todos están dispuestos a hacerlo y, cuando nos damos cuenta de eso, ya no se puede retroceder en el tiempo.
Victor Zaferson Mendoza (Lima, 1978) es periodista con estudios de Ciencias de la Comunicación en la Universidad de San Martín de Porres. Ha trabajado en Don Balón Perú, peru.com, Cable Mágico Deportes y actualmente labora en Terra Networks Perú.
Publicado 27 de Abril 2006
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